Liderazgo, ideas y profundización del cambio

Widg Edi Notas y columnas, Últimas novedades

En una excelente nota publicada en Miradas al Sur del 18 de enero pasado, Álvaro García Linera, vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia, analizó las razones del gran triunfo electoral de Evo Morales. Allí plantea que en el debate previo a las elecciones del 2014, el gobierno había logrado consolidar en la sociedad un conjunto de valores compartidos por las grandes mayorías. Esta hegemonía obligó a que las fuerzas opositoras debieran incorporar estos conceptos a sus programas electorales si pretendían acercarse al sentido común de la población. Estos valores, se podían resumir en: “Economía plural con eje estatal, reconocimiento de las naciones indígenas con un gobierno de movimientos sociales y régimen de autonomías territoriales”. De esta manera, el debate electoral se corrió a la izquierda y se desarrolló en el campo de significados que impuso el gobierno de Evo e impidió que los partidos de la oposición de derecha lograran elaborar un proyecto alternativo. Ello explica, entre otras cuestiones, que el MAS triunfara por primera vez en tradicionales bastiones de la oligarquía, como Pando y Santa Cruz.

El artículo invita a reflexionar sobre la construcción de las hegemonías y el debate político en la Argentina de los últimos años. El proceso iniciado el 25 de mayo del 2003 con la asunción de Néstor Kirchner también logró transformar el campo simbólico de la confrontación política en nuestro país. Hay que tener presente que con la Dictadura instaurada en 1976, la derecha había iniciado un trabajo ideológico profundo destinado a modificar los valores hegemónicos que había incorporado el peronismo a partir de mediados de la década de los ’40 y que sobrevivieron en gran parte de la sociedad a pesar de la represión y las proscripciones. Esta acción de la dictadura fue complementada exitosamente en la década menemista. Las investigaciones que realizamos en aquella época mostraron que los valores de la centralidad del Estado, el trabajo productivo, la defensa de lo nacional y la solidaridad social habían dejado lugar a otros, propios del neoliberalismo. Las ideas del libre mercado, de la ineficiencia de todo lo estatal, de la prioridad de la estabilidad financiera, el individualismo, la “reconciliación” nacional, el perdón a los genocidas, y la conveniencia de las relaciones carnales con el Norte para ingresar al Primer Mundo, penetraron profundamente en el imaginario social. Basta ver la derechización de los debates electorales del ’95 y el ’99 para darnos cuenta de que ninguna fuerza política con chances de éxito propuso salir de estas concepciones. Quizás el ejemplo más claro fue la imposibilidad, incluso en el caso de los partidos de la oposición, de proponer alternativas a la convertibilidad de Cavallo.

La crisis económica y política de inicios de siglo fue de una magnitud tal, que permitió que el inesperado surgimiento de la “anomalía” kirchnerista emprendiera desde el Estado la difícil tarea que implicaba transformar al mismo tiempo el modelo productivo, las condiciones de la representatividad de la política y la conciencia social. La exigencia de enfrentar con éxito la salida de la crisis y de emprender la construcción de una fuerza política que ampliara sustantivamente el 22% con que Kirchner llegó al gobierno y la necesidad de enfrentar la resistencia del establishment a las transformaciones propuestas, obligaron a desarrollar la capacidad de cambiar drásticamente la agenda pública y el campo del debate político de momento.

Fue desde el Gobierno que se comenzó a recuperar la capacidad de decisión política como la herramienta para definir las acciones del Estado en detrimento del papel que hasta ese momento habían desempeñado las corporaciones. Y también fue la consolidación del liderazgo de Néstor Kirchner el factor principal de la recuperación en grandes sectores de la sociedad de una nueva perspectiva nacional y popular que, entre sus valores fundamentales colocó el papel central del Estado por encima del libre mercado; el trabajo y la producción nacional en el lugar de la importación barata; la principalidad de la inversión educativa y en ciencia en el lugar que ocupaban las políticas de ajuste; los derechos humanos, la justicia y el respeto a la diversidad en el lugar de la impunidad disfrazada de conciliación; la igualdad y la solidaridad social en el lugar del individualismo y la indiferencia, además de la soberanía nacional e integración regional en el lugar de la pertenencia subalterna al Primer Mundo.

Sobre estos ejes se construyó un nuevo sentido social que exigió profundos cambios culturales que recorrieron al conjunto del tejido social. La insistencia en casi todos los discursos de Néstor Kirchner respecto de la necesidad de recuperar la “autoestima” como pueblo, también quería enfatizar en que era imprescindible confiar en nuestra propia mirada y perspectiva para entender y transformar el país y el mundo. Es evidente que la inicial aprobación popular al proyecto fue producida por la mejora concreta en las condiciones socioeconómicas de amplios sectores de la población, pero fue la creciente adhesión a los valores que propuso el kirchnerismo en los gobiernos de Néstor y Cristina, lo que permitió la consolidación de la dirección del proyecto. En otras palabras, sin haber atendido rápidamente las necesidades de los sectores populares y medios no se hubiera podido ganar la confianza para realizar exitosamente los cambios en la conciencia política del pueblo. Pero al mismo tiempo, teniendo en cuenta el nivel de confrontación planteado por la derecha, sin estos cambios a nivel de la conciencia y la organización popular, tampoco hubiera sido posible sostener exitosamente las estrategias que favorecieron económicamente a las grandes mayorías.

En el mismo sentido planteado por García Linera en el artículo citado, es posible proponer que los debates electorales del 2007 y el 2011 se dieron en la esfera del universo de valores planteados por el kirchnerismo. Es difícil evaluar si en nuestro país el proyecto popular logró el alto grado de hegemonía que alcanzó Evo en su última elección. Pero es evidente que consiguió cambiar el centro de gravedad de la agenda política y correr hacia la perspectiva nacional y popular la mirada de todos los actores intervinientes.
En el primero de los procesos electorales esta situación permitió que un número importante de dirigentes de la oposición se incorporara a las listas de la coalición gobernante. La falta de capacidad de la oposición de derecha de proponer un proyecto alternativo al margen del modelo propuesto por el kirchnerismo quedó especialmente al desnudo en la campaña electoral del 2011.

Ante la imposibilidad de cuestionar el papel central del Estado, el modelo productivo, las políticas sociales y de derechos humanos y la integración regional, las posibilidades de la oposición para atraer el voto del pueblo a partir de programas políticos alternativos o antagónicos a los oficiales fueron muy pequeñas. Ello hizo posible que el triunfo de Cristina se convierta en la victoria electoral con mayor holgura de la nueva democracia argentina y que esta victoria se extendiera también a jurisdicciones tradicionalmente adversas como la Ciudad de Buenos Aires o Córdoba. En ambas elecciones, la capacidad del Gobierno para imponer un universo de significados y un sentido al debate político impidió que la oposición pudiera elaborar un modelo contradictorio con el kirchnerista y anuló toda posibilidad de polarización, lo que selló la suerte de la oposición.

El comienzo del presente año electoral nos permite confirmar que la derecha y los sectores del establishment no ahorrarán esfuerzos para implementar cualquier tipo de estrategias que les permitan confirmar su vaticinio de “fin de ciclo”. Algunas de ellas ya las han desplegado dramáticamente en los últimos días inventando graves y falsas acusaciones con gran apoyatura mediática. Pero la experiencia les ha mostrado que con la denuncia no alcanza para ser una alternativa de poder. Saben que buena parte de la pulseada electoral se dirime en la conquista del centro del campo de ideas y valores en el cual se desarrollará el debate electoral. En este sentido, nos animamos a proponer que en esta campaña la oposición de derecha está dispuesta a poner en cuestión los cimientos fundamentales del proyecto nacional y popular llevado adelante desde el 2003, buscando lograr la polarización que no alcanzó en las elecciones anteriores. En esta dirección se encuentra el cuestionamiento que Macri hizo recientemente a la política de derechos humanos, a la estatización de sectores clave de la economía, la actitud frente a los fondos buitre, la política impositiva hacia el campo y la estrategia de no alineamiento automático con los EEUU. Es por ello que Carrió y los máximos exponentes de la derecha de la UCR corren atrás de una figura que no deja dudas respecto de antagonismo con el modelo.

No es difícil suponer que la derecha concentrará toda su energía, medios de comunicación, recursos y capacidad de convocatoria en el candidato que sea capaz de generar una propuesta que se coloque en las antípodas del actual gobierno, aún sosteniendo un lenguaje “social”, que recupere parcialmente aquellos aspectos que hoy parecen incuestionables para el sentido común. De esta manera, el proyecto nacional y popular enfrentará electoralmente la propuesta dirigida a recuperar las posiciones perdidas por los sectores poderosos y estará claramente en juego la dirección ideológica y la conducción política del proceso que se abre a partir de diciembre del 2015.

En este contexto, no son pocos los desafíos que debe abordar el kirchnerismo para garantizar la continuidad y profundización del modelo.

El primero de ellos es impedir que se dejen de lado o se corran hacia la derecha, a través de su candidato presidencial, programa político o lenguaje electoral, las orientaciones que hicieron posible el camino que se construyó desde el 2003 y que permitió lograr amplios niveles de consenso en grandes sectores sociales.

Ir a discutir en el campo de sentidos de la oposición de derecha o hacerles el juego respecto de los temas de agenda en el debate electoral, significará una derrota del proyecto, independientemente del resultado de las elecciones. La imposibilidad de concurrir a las elecciones con la candidatura de Cristina, cuya presencia garantizaría naturalmente la continuidad de los valores y políticas que se vienen llevando adelante, colocan a la elección de quién será candidato a presidente como un factor clave para seguir ocupando el centro de la escena electoral.

El segundo de los desafíos es tomar verdadera conciencia de que el nivel de apoyo conquistado en muchos momentos de este proceso no es un hecho dado y permanente. No sólo por los embates políticos, económicos y mediáticos de la derecha. Se pone en juego en cada disputa política y principalmente en un proceso electoral tan trascendental como el que estamos viviendo. Es necesario salir al debate para ampliar las bases de apoyo del proyecto. Ir a buscar a sectores políticos y sociales que se sintieron incluidos y hoy se encuentran distantes, principalmente a los sectores medios e intelectuales ampliamente beneficiados con el modelo. Con gran capacidad de escucha y amplitud. Con generosidad y sentido autocrítico cuando la realidad lo exija. Se requiere recomponer el frente político y social que sostuvo el kirchnerismo durante estos años para afrontar con éxito la próxima contienda electoral.

Por último, es imprescindible realizar un esfuerzo de elaboración programático para convertir las consignas políticas en un plan de gobierno que permita avanzar en las transformaciones que aún quedan pendientes. No podemos ir al debate electoral sostenidos únicamente en el relato de lo que hemos logrado en estos 12 años. El pueblo tiene memoria, sabe todo lo que se avanzó, lo conquistó con su esfuerzo y reconoció reiteradamente con su voto al gobierno que lo hizo efectivo. Pero hoy también espera que presentemos las mejores propuestas para resolver las asignaturas aún pendientes. Cómo continuar transformando el modelo productivo, generando más puestos de trabajo, mejorando la calidad de la educación, brindando más seguridad a la población y terminando para siempre con la pobreza, entre otros temas.

El artículo de García Linera que incentivó estas breves reflexiones culmina planteando el interrogante acerca de cuánto tiempo más logrará Evo sostener el liderazgo en el campo de las ideas y los valores respecto al horizonte de época que se plantea la sociedad boliviana. En nuestro caso, la respuesta al interrogante sobre la capacidad del kirchnerismo de continuar conduciendo este proceso histórico en la dirección que Néstor y Cristina vienen llevando adelante desde el 2003 dependerá, en buena medida, del éxito con que afrontemos estos desafíos.

Columna publicada en Miradas al Sur