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14/07/2010
Intervención senador Filmus sobre matrimonio igualitario

Sr. Filmus. – Señor presidente: de la mano de lo que ha planteado la senadora Morandini, a través de la inserción, voy a tratar de resolver los temas más conceptuales desde el derecho, la sociología y otras perspectivas para concentrarme más en las cuestiones más polémicas que se han tratado en el recinto. Siento que estamos en un día importante. Siento que estamos en un debate importante y que culminamos una pequeña etapa sobre un proceso de ampliación de los derechos. Y creo, sin lugar a dudas, que ha sido un proceso de discusión de debate intenso y profundo y, por lo menos desde mi parecer, ha sido con pocas intolerancias, provocaciones y fundamentalismos respecto de la importancia del tema en discusión en una sociedad acostumbrada a debates intolerantes. Se discute sobre una de las más antiguas discriminaciones.

Se discute sobre una de las más permanentes a lo largo de toda la historia y todas las culturas. Se discute sobre una de las discriminaciones más actuales. Y, realmente, se discute sobre una discriminación tan profunda frente a una institución, acuerden o no con el proyecto, que definen como esencial para nuestra sociedad, tal el caso del matrimonio. No sería una discusión tan profunda y tan intensa si discutiéramos sobre una discriminación profunda en un tema de previsión social o en una institución económica o si estuviéramos frente al matrimonio por una discriminación que no fuera tan permanente a lo largo de la historia.

Pero al conjugar estos dos aspectos, creo que la sociedad argentina está dando una muestra de madurez y de debate realmente en base a elementos de todo tipo, como se han planteado aquí, que, independientemente de cuál sea el resultado hoy, harán que la sociedad haya crecido y que ninguno de nosotros seamos los mismos que al comienzo del debate. Cada uno debió reflexionar y pensar. Este tema estuvo en los medios y en el seno de la comisión, que lo llevó a todo el país, y estuvo no sólo en el debate de las cámaras legislativas sino en cada una de nuestras casas y con nuestros hijos pequeños que vieron que se discutía el tema. Es decir que tuvimos que buscar argumentos y elementos para abordar el debate y máxime nosotros en nuestra condición de legisladores que, frente a las posturas que tomamos, debemos justificarlas. Y me gustaría decir que nadie está como al principio. Lo más saludable es que todos nos hemos corrido un poco del lugar de donde empezamos.

Si tuviera que dar una definición diría que aquellos que no veían que esto era un tema –ni siquiera le daban entidad de tal– ahora saben que existe. Está ahí y hay que hacer algo. Eso es un avance. Aquellos que no se animaban a mostrarse tal cual eran por el altísimo nivel de discriminación, muchos de ellos, no todos por supuesto, han comenzado a mostrarse de otra manera. Y con el dolor que les hemos visto en su testimonio han comenzado a decir cómo sufrieron este tipo de discriminación. Esto tampoco es un avance menor.

Quienes se burlaban o discriminaban abiertamente, hoy saben que, por lo menos, es políticamente incorrecto no hablar del tema y saben que esos ciudadanos son propietarios de tantos derechos como los tenemos nosotros y que, además, todos los ciudadanos tienen exactamente los mismos derechos independientemente de su orientación sexual.

Los que negaban cualquier acceso al derecho respecto de la vida en pareja, hoy, por lo menos, dicen unión civil. Esto podría haber aparecido hace dos, cuatro o diez años, pero aparece ahora como un tema en la forma de una alternativa al matrimonio. Sin embargo, hay un corrimiento en el sentido de resolverlo de alguna manera, aunque no sea igual a nosotros. También yo he sentido cambios profundos.

Estaba seguro al comenzar el debate de que era necesario avanzar en el reconocimiento de derechos para las parejas del mismo sexo, aunque no sabía cómo. Pero en un momento dije “claro, son los mismos derechos”. Son iguales derechos. Y como dijo el senador Cabanchik, aunque hubo otros, no encuentro ninguna razón para que sean otros. Pero me costaba decir que son los mismos derechos, que son iguales derechos porque, realmente, reúnen las mismas condiciones, sin ninguna diferencia con respecto a cualquier heterosexual. Y quiero decir que no fue que se me abrió de cualquier manera sino que se me abrió cuando escuché al diputado socialista Cuccovillo, tarde a la noche en casa, sin saber que en ese momento estaba el debate, contar su historia personal; realmente, me emocioné. Y también se me abrió cuando escuché muchos otros testimonios: los de Cibrián –para mencionar a alguno conocido–, de Rachid, del rabino Goldman, del cura de la Serna, del periodista Bazán. Son testimonios que me hicieron abrir la cabeza. No sabía cómo expresarlo pero, realmente, la única respuesta es la igualdad. Soy un sociólogo y no puedo dejar de ver que la historia de la humanidad es la historia de la conquista de los derechos, porque en su origen y en su evolución, eran pocos los que concentraban todos los derechos, y las grandes mayorías no tenían ninguno. Y cada paso que hemos dado en la humanidad –espero que cada vez, sea mejor– significó que otros sectores accedieran a derechos. No hace falta más que ir a Fray Bartolomé de las Casas, cuando discutía por qué los pueblos originarios de aquí tenían alma; había que discutir que tenían alma. Recuerdo la película La Misión, cuando lo hacen cantar a un chico y alguien dice: “Bueno, podía ser un loro. Eso no implica que tenga alma”; no como los negros, que seguramente no tenían alma y podían ser esclavizados.

Porque esa era la discusión de fondo. ¿Cuántos derechos tuvimos que conquistar durante todo este tiempo? Realmente, permítanme decir, sin ninguna intención peyorativa, que nosotros hemos avanzado en un conjunto de temas y me interesaría tomar a seis de ellos, algunos de los cuales tienen que ver con la cuestión de los derechos. Algunos sostuvieron que solamente siete u ocho países han avanzando con esto. ¿Por qué tenemos que hacerlo nosotros? Bueno, ¿cuántos países haría falta que avancen para que nosotros también demos un paso? ¿Hay un número? ¿Quince? ¿Veinte? Hay doscientos países en el mundo, más o menos. ¿En qué número queremos estar?

Por ejemplo, fuimos el primer país en establecer un cupo para la participación femenina en esta Cámara. ¿Por qué fuimos el primero? ¿No fue una locura? ¿No nos hubiera gustado más ser el séptimo, el octavo o el décimo segundo? Por no ser el primero o uno de los primeros, no permitimos que las mujeres voten: el primer proyecto con ese objeto se presentó en 1932, pero tuvimos que esperar 18 años más para permitir que las mujeres votaran porque se aprobó en la Cámara de Diputados y no en la de Senadores, casualmente.

Precisamente, cuando algunos diputados argumentaban por qué las mujeres no tenían que votar decían, entre otras cosas, las siguientes: el diputado Francisco Uriburu sostenía que lanzar a la mujer a la vida política era fomentar la disolución de la familia, con gérmenes de anarquía; disminuir el poder marital ya socavado por la acción económica de la mujer y propender a la disminución de los matrimonios, porque ya no le seducirá al hombre constituir un hogar cuya dirección ya no le pertenece.

El diputado Aráoz sostenía que el voto femenino podía ser un factor de perturbación en nuestros hogares, al constatar que nuestras mujeres e hijas votarán en contra de nuestras opiniones. Esto se decía hace poco, hace ochenta años. En el caso del voto femenino, si la ley se hubiera aprobado en 1932, hubiéramos sido el primer país de Latinoamérica y uno de los primeros del mundo en contar con una norma de ese tipo. Cuando se aprobó, ya no lo éramos. Pero lo voy a decir a la inversa: ¿cuánto esperamos para decir que cualquier argentino podía ser presidente?

El que les habla, por ejemplo, hasta 1994, no podía ser presidente de este país –aclaro que tampoco tenía aspiraciones en tal sentido–. Pero tuvimos que esperar hasta 1994 para que pueda no ser católico, apostólico y romano el presidente de nuestro país. ¿No somos todos argentinos? ¿No lo éramos hasta hace poco? Yo viví el 94, porque soy viejo. Pero tuvimos que esperar hasta 1994. ¿Por qué no podíamos ser de los primeros países que definieran que todos podían ser presidente? No pudo ser y tuvimos que esperar.

Entonces, no sé qué tenemos que esperar. Estamos orgullosos de que la Argentina –recuerden el debate que se dio durante la época del gobierno de Alfonsín– fue uno de los primeros países que juzgaron a los militares después de las dictaduras. En aquel momento, se decía que no se podía hacer porque nadie lo había hecho en América latina. Después de que lo hicimos nosotros, otros países avanzaron en esa dirección. Fuimos los primeros, marcamos un camino. De hecho, quizás este tema de discriminación y de los derechos es tan fuerte porque sufrimos muchas dictaduras. Se dijo también que este era un tema partidario. Yo me tomé el trabajo de ver qué pasó en la Cámara de Diputados, y allí por supuesto que los proyectos no fueron del Ejecutivo, pero de los 120 votos afirmativos, los votos del oficialismo fueron 44; jamás hubieran ganado. En realidad, uno podría decir que fue el conjunto de los partidos que no forman el oficialismo lo que permitió que esa votación haga que el proyecto esté acá, y yo contabilicé quince bloques distintos que votaron; votaron más bloques a favor que en contra, y eso realmente me parece que es un avance.

El tercer tema que se planteó acá, y la verdad que parece que se usó para un lado y para el otro, es el de las normas: si efectivamente las internacionales que tienen rango constitucional y las nuestras ameritan que nosotros podamos avanzar sobre este tema. Quiero leer el artículo 11 de la Constitución de la Ciudad de Buenos Aires, de la cual estoy orgulloso: “Todas las personas tienen idéntica dignidad y son iguales ante la ley. “Se reconoce y garantiza el derecho a ser diferente, no admitiéndose discriminaciones que tiendan a la segregación por razones o con pretexto de raza, etnia, género, orientación sexual, edad, religión, ideología, opinión, nacionalidad, caracteres físicos, condición psicofísica, social, económica o cualquier circunstancia que implique la distinción, exclusión, restricción o menoscabo”. El artículo sigue pero, quizás, por eso –y como otros legisladores han dicho acá–, estoy orgulloso de representar a la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires. Todos los bloques sacaron una declaración avalando la posición de avanzar con la igualdad de derechos respecto del matrimonio, hecho que me parece que realmente importante. Alguien puede interpretar que se debe a que es un problema de Buenos Aires –esto lo he escuchado varias veces– y, en tal sentido, debo decir que no hay mayor discriminación que esa afirmación.

Cuarto elemento: se ha dicho “pero si la comunidad internacional, cuando tiene que opinar de esto, opina en contra”. Incluso, se citó varias veces a la Comunidad Económica Europea y al Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Voy a leer el párrafo 99 de la sentencia que –como señaló muy bien el senador Juez– no avanzó en este tema porque dijo que la definición es potestad de los países y no de la Comunidad. Dicho artículo dice que las parejas del mismo sexo son tan capaces como las parejas de distinto sexo de establecer una relación de pareja estable y, consecuentemente, están en una situación relativamente similar a las parejas de distinto sexo para reconocer su necesidad de reconocimiento legal y su protección para su relación afectiva familiar. Todos conocemos a Kemelmajer de Carlucci, que sobre esta sentencia, el 24 de junio publicó un artículo donde dice: ¿Cuál es el aporte de esta sentencia para el caso argentino? Muy grande. Refuerza el rol y el compromiso de los estados en el reconocimiento del derecho de las personas del mismo sexo a una verdadera familia. Por eso, reiteramos y reforzamos la idea de que el legislador argentino se incline por la solución adoptada por un puñado de países, que cada vez van siendo más, que admiten sin cortapisas ni eufemismos que las parejas unidas por vínculos afectivos tengan opción de casarse o no casarse, sean heterosexuales u homosexuales, es decir, con total independencia de su orientación sexual. Otro tema que fue abordado recientemente es el de la ciencia, las parejas, el casamiento y la adopción.

Yo, cuando quiero escuchar y aprender sobre ciencia –quizás, porque soy investigador del Conicet–, me dirijo a los científicos. Hace muy poquitos días, el 10 de julio, en el diario Clarín, encuentro un artículo en donde se indica que más de 500 investigadores nos hemos pronunciado a favor de la ley de igualdad. Consideramos que la familia, al igual que toda otra institución, es un producto social sujeto a cambios y modificaciones. Cualquiera tiene el derecho a pensar que existe una ley natural, la cual regula la moral, los comportamientos individuales y familiares e, inclusive, el matrimonio, sólo que está reservado al ámbito de las creencias. La denominada discriminación justa no es más que racismo disfrazado. Este artículo termina indicando que, finalmente, la abrumadora mayoría de estudios realizados en los últimos 40 años en varios países demuestra que no hay ninguna diferencia sustantiva entre niños y niñas que han sido criados en un hogar homoparental u heterosexual. Las principales asociaciones profesionales emitieron, además, resoluciones que convalidan estas conclusiones y apoyan la legalización de los matrimonios entre parejas del mismo sexo.

En esta cuestión, las pruebas que aporta la investigación empírica son unánimes. Pero, por si se tratara solamente de un problema de los científicos argentinos, he rastreado todas las investigaciones que existen sobre este tema. Hoy en día, es relativamente fácil. Muchas de las que se publican internacionalmente, por ejemplo, en Estados Unidos, que fueron recopiladas por la Academia Americana de Pediatría, muestran que no hay ningún tipo de diferencia. En una declaración que cada diez años emite la Academia Americana de Pediatría, se indica que, en resumen, los niños nacidos o adoptados por un integrante de una pareja de personas del mismo sexo merecen la seguridad de ambos padres reconocidos legalmente.

Por lo tanto, la Academia Americana de Pediatría apoya los esfuerzos legislativos y legales para proveer la posibilidad de la adopción del niño por el segundo padre o coadoptante en estas familias. También quiero aclarar, por las referencias que se hicieron recién, que, en realidad, no estamos discutiendo el tema de la adopción. De hecho, ya pueden adoptar. Si se aprueba el proyecto de unión civil, se estaría impidiendo que esos chicos tengan la protección de los dos padres o de las dos madres. Hoy, cualquiera puede adoptar y puede, a su vez, vivir en pareja. Nuestra ley no cambia eso, salvo que les da mayor protección. Considero que podemos discutir el proyecto de la Cámara de Diputados y estar de acuerdo o no. Sí me parecen relativamente graves algunos de los elementos –recién me refería a uno– que contiene el proyecto de unión civil relacionados con la discriminación. Uno inconcebible es el contenido en el artículo 24 del proyecto de unión civil, que plantea que se garantiza el derecho a la objeción de conciencia de cualquier persona que tuviera que intervenir en actos jurídicos o administrativos vinculados con las regulaciones de la presente ley. Si se aprobara esa norma, cualquier empleado puede decir que, por ejemplo, no va a intervenir en una unión civil no sólo entre dos personas del mismo sexo sino, por ejemplo, entre una persona blanca y otra negra porque, según su concepción, no tendrían que vivir juntos; o podría decir que no puede tener una unión de hecho una persona de origen católico con otra de origen judío porque le parece que está mal. Se trata de un funcionario público.

Si no cumple la ley, qué esperamos sino más que un acto de discriminación en la decisión de no hacerlo. Termino mi exposición diciendo que no estamos legislando para las personas homosexuales. Me despertó la inquietud la senadora Morandini. ¿Quién puede determinar la urgencia de esta norma? ¿Podemos determinarla nosotros? ¿O sólo tiene derecho a determinar la urgencia con relación a una norma que discrimina aquel que es discriminado? ¿Cuánto hay que esperar para que termine la discriminación? ¿Cuánto es justo esperar para que termine el Apartheid, el antisemitismo? Sólo lo puede saber la persona que es discriminada. No sé cuál es la urgencia. Soy una persona heterosexual pero estoy seguro, por lo que decía al principio, de que el prejuicio y la discriminación que reciben las personas homosexuales son muy fuertes. El ethos de una cultura, como todos sabemos bien, desde la antropología y la sociología, se distribuye en la cancha de fútbol. Vayamos a escuchar lo que se dice en las canchas de fútbol respecto de la homosexualidad y vamos a ver cuánto está impregnando a nuestra sociedad y cuánto avanzaríamos si democratizamos instituciones tan importantes como el matrimonio.

De manera que no me animaría a decir que esto es menos urgente que cualquier otro tema. No estamos legislando para ellos, porque cuantos más derechos haya en la sociedad, cuanto más democrática sea una sociedad, todos viviremos en una sociedad más democrática.

Entonces, estoy legislando para mí, para cada uno de nosotros, para cada uno de nuestros hijos, para que sean más libres, para que tengan más derechos. Lo decía, en 1790, Condorcet: o bien ningún miembro de la raza humana posee verdaderamente derechos o bien todos tenemos los mismos. Aquel que vota en contra de los derechos del otro, cualesquiera sean su religión, su color o su sexo, está abjurando de ese modo de los suyos. Y eso es lo que estamos discutiendo acá. Estamos discutiendo un caso particular de una discriminación profunda respecto del matrimonio de las personas homosexuales, pero estamos discutiendo sobre el modelo de sociedad en el cual queremos vivir. Como estoy seguro de que la gran mayoría queremos vivir en una sociedad más profundamente democrática, más profundamente igualitaria, donde terminemos con todo tipo de discriminación, es que creo que tenemos que dar un paso importante hoy, aprobando el proyecto que viene de la Cámara de Diputados.