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21/05/2010
Senador Filmus en representación del Bloque Frente para la Victoria en la sesión del 19 de mayo de 2010
Discurso sobre el Bicentenario

Señor presidente: permítame, en primer lugar, agradecer el inmerecido honor que me confirieron el presidente de mi bloque y el conjunto de sus integrantes al encomendarme la difícil tarea de representarlos a través de estas palabras en la conmemoración del Bicentenario. Permítame también, señor presidente, confesarle que me dio un gran orgullo haber tenido esta representación pero, ya que estamos en tren de confesiones, quiero decir que rápidamente el orgullo se convirtió en preocupación, porque no es fácil transmitir en diez minutos lo que los hombres y mujeres que integran nuestro bloque, mis compañeros representantes de los pueblos que recorren toda la geografía de nuestro país, sienten y quieren expresar desde lo más profundo por la conmemoración de los 200 años de nuestra Patria.

En este sentido, creo que es un momento de homenaje, pero también hay distintos tipos de homenaje. No sólo es un momento de homenaje a quienes hicieron la Revolución de Mayo, a los protagonistas de nuestra independencia, sino también a quienes en estos 200 años supieron construir, con todos los avances y con todas las asignaturas pendientes que tenemos, la Argentina que vivimos.

La primera forma que se me ocurrió para homenajear claramente tiene que ver con nombres y apellidos, y tiene que ver con quienes sabemos que en la historia tuvieron un rol preponderante, con hombres y mujeres de nuestra Patria y muchos latinoamericanos –porque de eso se trata, estamos hablando de una gesta latinoamericana–, que no pueden estar ausentes en este homenaje. La Argentina es un país cimentado en grandes gestas. Varios dijeron “un país inconcluso”; si no fuera un país inconcluso, lo contrario sería un país que está concluido, y eso sería el fin de la historia. Continuamos la tarea de aquellos que construyeron nuestro país y, realmente, homenajearlos es el mejor camino que tenemos para hacerlo. Recordé primeramente a los ideólogos, a los arquitectos, a los guerreros, a los luchadores de nuestra gesta de la independencia. Homenajear a la revolución emancipadora es hablar de la lucidez, del patriotismo y de la valentía de Belgrano, de Moreno, de Saavedra, de Castelli, entre otros. Es homenajear a quienes empuñaron las armas para que el poder realista fuera vencido. Cómo no mencionar entonces a San Martín, a Güemes, a Las Heras, a Balcarce, a Macacha Güemes, a Juana Azurduy y a quienes, fuera de nuestra frontera, como Artigas, Bolívar, Sucre y O’Higgins pelearon por una Gran Patria latinoamericana. Si hablamos de homenajear hay que hablar de la gesta de la construcción de la unidad nacional. No podemos dejar de mencionar a nuestro primer presidente, Rivadavia, y también a quienes, desde sus perspectivas unitarias o federales –contradictorios muchos de ellos– representaron la lucha por la unificación nacional sin claudicar en la defensa de los proyectos provinciales y regionales. No se podría dejar entonces afuera a Rosas, a Urquiza, a Dorrego, al Chacho Peñaloza, a Paz, a Lavalle, a Quiroga, a López y a otros tantos dignos representantes de nuestro pueblo. Contradictorios, sí, pero todos defendiendo una causa.

También hay que incluir en el homenaje a los pensadores y constructores del estado nacional representados, entre otros, por Echeverría, Alberdi, Avellaneda, por la generación del 80 y, de un modo especial –que ya fue mencionado acá en reiteradas ocasiones– por Sarmiento, quien tuvo la claridad de plantear a la educación como el eje estructurador de la Nación. Pero también hay que plantear como gesta y como gesta patriótica y de todos, la conquista de los derechos al voto y a la ciudadanía, encarnada como pocos por Leandro N. Alem, por Hipólito Yrigoyen y también por nuestro querido Alfredo Palacios. También fue una gesta la soberanía política, fue una gesta la construcción de la justicia social y la inclusión de todos, encarnada, por supuesto, por Juan Domingo Perón y por la compañera Evita. No menos importante, y fue señalado acá en reiteradas ocasiones, porque fue una lucha particular, ha sido la incorporación de la mujer, en la figura de Alicia Moreau de Justo. ¿Podríamos prescindir, en un homenaje a los doscientos años, de homenajearla a ella, a Evita, nuevamente, en su doble rol, y a Florentina Gómez Miranda, para ir más cerca. No podemos pensar en una conmemoración a los doscientos años sin homenajear el esfuerzo de la recuperación de la democracia. Este Senado tiene todavía una asignatura pendiente para rendirle homenaje a Raúl Alfonsín, en representación de todos aquellos que representan la recuperación de la democracia. También, y no es menor ni para nada sectario, recuperar otra gesta: la gesta de la recuperación de la credibilidad en la política, que sobre fines del siglo pasado y principios de este siglo parecía totalmente perdida. Esta gesta, sin lugar a dudas, fue encarnada en principio, en un momento muy difícil, por el presidente Eduardo Duhalde, y profundizada y llevada adelante como pocas veces, por Néstor Kirchner. Pero no sólo está la política. Este país se construyó desde muchas perspectivas. Y no podríamos hacerle un homenaje a los doscientos años sin homenajear también a quienes llevaron adelante la difícil gesta de sostener nuestra identidad cultural desde el arte, desde la cultura, desde la ciencia y desde el deporte. Desde la literatura, por ejemplo, desde Labardén hasta Tizón y Giardinelli, escritores actuales de la Argentina profunda. Pero pasando, sin lugar a dudas, por José Hernández, por Jauretche, por Scalabrini Ortiz, por Marechal. Cómo no nombrar a Borges, a Victoria Ocampo, a Alfonsina Storni, a Cortázar, a Soriano, a Saer, a María Elena Walsh y, por supuesto, a tantos otros. En las artes no podemos detenernos en una identidad particular, ni dejar de nombrar desde Prilidiano Pueyrredón hasta León Ferrari, por supuesto, pasando por Lola Mora, por Berni, por Castagnino, por Marta Minujín, por Quinquela. Todos ellos construyen nuestro acervo cultural en las artes. En la ciencia, rasgo distintivo de los argentinos si lo hay, podemos citar desde Florentino Ameghino hasta Favaloro, pasando por Houssay, Leloir, Cecilia Grierson, Milstein, Sadosky, Varsavsky y tantos otros, desde distintas vertientes, que apoyaron y produjeron algunas de las cuestiones que nos ponen más orgullosos. Estoy seguro de que muchos de mis compañeros de bloque –y quizá desde otros bloques del Senado– se sentirán representados por esta mirada que pretende ser plural. Probablemente, cada uno de nosotros se sienta más cerca de algunos y más lejos de otros, pero todos construyeron la Argentina y lo que fuimos capaces de hacer en estos doscientos años. También estoy seguro –y creo que todos estarán de acuerdo– de que cada uno agregaría muchos nombres de hombres y de mujeres que merecerían estar en esta brevísima enunciación.

Sin embargo, cuando llegué a este punto –pensando en qué tenía que transmitir sobre los doscientos años–, consideré que, fundamentalmente, se debía incluir a quienes no conocemos por sus nombres y apellidos, y sin los cuales todas estas gestas de las que les hablé no hubieran sido posibles. Como dice la canción popular, “si la historia la escriben los que ganan, quiere decir que hay otra historia; la verdadera historia…”. Por lo tanto, es necesario homenajear también a los protagonistas de la otra historia; por ejemplo, a los pueblos originarios, que desde hace miles de años ya estaban en este suelo y desde hace más de quinientos años, desde la colonización hasta hoy –y no es un eufemismo–, luchan por recuperar su tierra y mantener su libertad e identidad cultural. Es necesario homenajear a los que integraron las milicias, los batallones y a los que desde sus casas defendieron con éxito a estas tierras de la dominación inglesa durante las invasiones de 1806; a quienes el 25 de mayo –y se hizo referencia acá anteriormente– estuvieron afuera del Cabildo, impidiendo que se distorsione el mandato de libertad que llevaban quienes estaban en su interior; a quienes se armaron y murieron en los combates de la Independencia en nuestro territorio o también en Chile o en Perú, acompañando al Libertador –como señaló el senador Giustiniani–, en su mayoría negros, mestizos, mulatos y zambos. Es necesario homenajear a quienes se retiraron con Belgrano, que tuvieron el dolor de retirarse en el Norte cuando hizo falta para la defensa de nuestra frontera. A quienes enfrentaron una y otra vez los intentos, algunos armados y otros económicos, de la Corona Británica en la primera mitad del Siglo XIX por instalarse en el Río de la Plata. Es necesario homenajear a los inmigrantes: a los gallegos, a los tanos, a los rusos, a los polacos y a los alemanes, y más recientemente a los hermanos latinoamericanos –paraguayos, chilenos, bolivianos, peruanos y tantos otros– que llegaron a este país para ayudar a construirlo con la cultura del trabajo. Es necesario homenajear a quienes siguiendo las banderas del radicalismo lucharon para que se establezca una democracia plena en la Argentina a principios del Siglo XX; a quienes, en los albores de ese siglo, pelearon por sus derechos cuando el país era de unos pocos y se festejaba el Centenario; a los protagonistas de la Patagonia Rebelde, a los de El Grito de Alcorta, a los de la reforma universitaria, a los de La Semana Trágica, a los que construyeron en la Argentina el primer sindicalismo. Es necesario homenajear a quienes constituyeron el subsuelo de la patria sublevada y salieron a la calle un 17 de octubre a pedir la libertad de su líder y a procurar la inclusión social plena; y que no sólo salieron, que siguen saliendo y mostrando su protagonismo en las calles y en las plazas cada vez que fue y es necesario defender un proyecto nacional y popular. Es necesario homenajear a quienes encarnaron la resistencia de las dictaduras militares, muchas veces a costa de sus propias vidas, por los asesinatos y por los secuestros. Personas que provienen de distintos partidos e ideologías, pero que se unificaron en el reclamo por la libertad y la democracia. Es necesario homenajear en estos doscientos años a los que combatieron y murieron por la recuperación de las islas Malvinas. Esa es quizá la asignatura que nos hace un país inconcluso, porque nos duele la hermana perdida que no podemos tener con nosotros. Y con ellos asumimos un compromiso de mantener el reclamo de soberanía hasta su definitiva recuperación. Es necesario, colegas, homenajear a las madres y a las abuelas del pañuelo blanco, que enfrentaron sin miedo a los todopoderosos y cuya presencia ayer, hoy y siempre nos recuerda que no puede haber democracia verdadera y libertad si no hay justicia.

A quienes salieron con sus cacerolas a la calle o lucharon contra la exclusión de masas en la crisis de principios de siglo, exigiendo cambios profundos al poder político Pero siempre defendiendo fuertemente el orden institucional democrático. A quienes hoy, como durante estos doscientos años, trabajaron y trabajan anónimamente para la grandeza de la Patria todos los días, aportando desde sus puestos de trabajo, desde la investigación científica, desde la creatividad cultural, en el campo, en la fábrica, en la oficina, en la escuela, en la universidad, en el laboratorio o en el teatro. Y a quienes obtienen el reconocimiento social y material que se merecen por el trabajo que realizan. Pero, más aún, debemos homenajear a quienes siguen brindando su esfuerzo y esperanza y no son retribuidos adecuadamente, y todavía viven en condiciones poco dignas en un país rico que, aún hoy, no distribuye con justicia su riqueza. Creo también que represento a mis colegas de bloque, a mis compañeros, si en nombre de todos ellos tendemos las manos a todas las fuerzas políticas que componen este Senado, con la convicción de que todos −absolutamente todos− debemos hacer un esfuerzo de grandeza para privilegiar las coincidencias por encima de las legítimas divergencias; y nos comprometemos frente al pueblo a avanzar en la construcción de un proyecto nacional que implique una Argentina democrática, con verdadera soberanía política, más desarrollada e integrada regional y socialmente. Pero, por encima de todo, una Argentina más justa; una Argentina sin pobreza, con igualdad de derechos para todos y todas. Una Argentina que deje de ser sólo un país productor de bienes primarios, para fundar su crecimiento a partir de la capacidad de trabajo, educación y creatividad de los argentinos. Es mucho lo que se hizo; es mucho lo que se viene haciendo en estos últimos años. Pero todos somos conscientes de que es mucho lo que falta. Sólo si construimos una Argentina democrática, integrada regional y socialmente y profundamente igualitaria, estaremos en condiciones de decirles a quienes he mencionado con nombre y apellido y a quienes he nombrado por su pertenencia al pueblo argentino –pero todos protagonistas de esta historia– que el sueño patriótico y latinoamericano enarbolado hace doscientos años ha sido cumplido.