En el mismo sentido de lo planteado por la senadora Blanca Osuna, quiero que esta
Cámara rinda un homenaje especial a Berta Braslavsky quien falleció ayer a los 95 años de
edad. Ayer en el velatorio contaba su hija Silvia —una investigadora notable de la
Argentina— que estuvo trabajando hasta dos días antes de fallecer y que dejó para publicar
sus últimos trabajos; denodadamente hasta último momento estuvo peleando por la
investigación en la educación argentina.
Todos la conocemos, es una pedagoga de la cual los argentinos podemos estar
orgullosos; recibió el premio “Andrés Bello” en representación de la Argentina en pedagogía
latinoamericana; ha tenido coherencia como pocas luchadoras en el campo de la educación, y
durante las dictaduras ha sido exiliada y ha retornado una y otra vez.
A partir de 1983 ha trabajado fuertemente, cuando retornó la democracia, en distintos
ámbitos, fundamentalmente en la Ciudad de Buenos Aires y en el Ministerio de Educación de
la Nación, con un objetivo central: la idea de Berta era que todos los chicos pudieran
aprender. Cuando decían que los chicos más pobres, los más carenciados, los que tenían
condiciones más difíciles debían tener una educación diferenciada, ella demostró —tiene un
libro titulado “La escuela puede”— en experiencias concretas que todos los chicos están en
condiciones de aprender y que realmente esa es la función fundamental de la escuela:
generar igualdad de oportunidades a partir del acceso al saber.
Independientemente de distintas ideologías, de distintas maneras de ver la realidad y
de distintas políticas educativas, creo que esta Cámara y todos sus representantes reconocen
en la figura de Berta Braslavsky un modelo de coherencia y de docente argentina.
Sus pensamientos e ideas quedarán en nuestras aulas, porque sus alumnos —es decir,
los maestros argentinos— las llevarán adelante para siempre.
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