En este sentido, y en relación a los desafíos que enfrenta el mundo en este siglo, pueden enumerarse tres temas de relevancia internacional que impactan en Argentina y que colocan a la Universidad como actor clave en la tarea de generar conocimiento, capacidad de innovación, articulación con las organizaciones de la sociedad y del sector productivo en dirección a alcanzar un modelo de desarrollo sustentable para el país.
En primer lugar, el último Premio Nobel de la Paz (compartido entre el Panel Ingubernamental sobre Cambio Climático de Naciones Unidas y Al Gore) nos ha llevado a cobrar renovada conciencia -aún entre los más escépticos- sobre la gravedad del cambio climático que, potenciado por las emisiones de gases con efecto invernadero (como el dióxido de carbono), se ha convertido en uno de los problemas más importantes de nuestra era. En esta misma línea, la ONU ha seleccionado el objetivo de reducción de las emisiones de carbono como prioridad de acción política internacional y de las acciones para fortalecer la conciencia a nivel mundial
En segundo lugar, pocos días atrás, el Secretario General de las Naciones Unidas –Ban Ki-moon– lanzó un programa de emergencia a nivel mundial y un llamado de alarma a la comunidad internacional en torno a la magnitud de la crisis alimentaria, cuya profundización sume en el hambre a millones de habitantes en el mundo: “...la dramática escalada de los precios de los alimentos en todo el mundo ha evolucionado hacia un desafío sin precedentes de proporciones globales”, sostuvo.
En tercer lugar, y en ese mismo contexto, las recientes críticas de las máximas autoridades de la ONU a las políticas de impulso de la producción de biocombustibles, orientan la atención al tercer tema de relevancia global: la crisis energética. Jean Ziegler, relator especial de la ONU para el Derecho a la Alimentación, no dudó en calificar la producción de biocarburantes como "crimen contra la humanidad", por su impacto en la escalada internacional de precios de los alimentos y la consecuente crisis alimentaria. Esta declaración, no sólo refuerza la gravedad de esa crisis, sino que –a la vez– pone en dimensión la magnitud del problema energético a escala global.
Así, enfrentamos: a) una demanda de energía que crece en forma exponencial en todo el planeta, b) reservas decrecientes de los combustibles (fósiles) que abastecen el 90% de esa demanda y, además, c) la certeza científica de que el uso de tales combustibles es el principal responsable del calentamiento global (a partir de la emisión de dióxido de carbono), con sus consecuencias en términos de desertificación, biodiversidad, deshielo, tormentas, inundaciones, etc.
En perspectiva, hace apenas algunas décadas, los desafíos de las naciones giraban en torno al crecimiento, el desarrollo, la mitigación de la pobreza. Hoy, esos desafíos no sólo no han perdido vigencia, sino que parecerían haberse profundizado hasta el extremo de crisis planetaria, en un contexto en el que, además, resulta inviable abordar uno de ellos sin dar cuenta de los otros. Las propias bases del patrón tecnológico y su sustentabilidad están en crisis: hace falta producir más, distribuir mejor, producir de modo ambientalmente responsable y migrar hacia recursos renovables y procesos productivos sustentables que permiten asegurar las condiciones ambientales de las futuras generaciones.
En nuestro país, si bien con características propias de su especificidad, energía, alimentos y ambiente son temas que en los últimos años se han instalado en la agenda nacional. Deforestación, desmonte, deshielo, inundaciones, combustibles, soja, precios de los alimentos, contaminación, entre otras, son cuestiones presentes en la agenda política, en los medios de comunicación y en una sociedad crecientemente sensibilizada por la preservación del ambiente. Como para el resto de los países de la región, la particularidad de los países en vías de desarrollo radica en que los temas del cuidado ambiental deben complementarse con las necesidades del desarrollo sustentable, ya que la principal causa del deterioro del medio ambiente es la pobreza
Resulta impensable abordar estos desafíos sin el aporte clave de las Universidades como agentes activos de participación; no sólo desde la investigación, la innovación y el debate, sino desde su rol educativo, de actor capaz de pensar en forma interdisciplinaria problemas de naturaleza compleja a nivel local, regional y global.
El sistema universitario, articulado con el científico-tecnológico, tiene la potencialidad de promover el entendimiento multidisciplinario y la concientización de los jóvenes, que son aspectos fundamentales para el cambio de la conducta ambiental que necesitan las sociedades actuales frente a los desafíos del siglo XXI.
Para ello, resultará necesario continuar trabajando para colocar a la Universidad de cara a los problemas sociales locales, regionales y nacionales. El programa de voluntariado es un buen ejemplo de la potencialidad que la Universidad posee para contribuir a la construcción de una sociedad donde el mayor desarrollo signifique niveles crecientes de justicia social.
Daniel Filmus
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